jueves, 28 de enero de 2010

BICICLOSTIA

13,30 horas de un veintiséis de diciembre. El sol lucía como suele hacerlo por estas fechas en esta latitud, tímidamente, como apagado.

Saliendo de la Casa de Campo (Madrid) y justo pasado la maldita cadena que corta la carretera al tráfico, medida que unos verdes, los de los árboles, tomaron con el fin de que los otros verdes, los que van de putas, dejaran de circular en ambos sentidos.

Walter, un chico colombiano de diez y siete años del equipo de Eduardo Chozas me acompañaba en el pedalear, el entrenando, yo, tratando de hacer los veinte kilómetros que me propuse a diario.

Hablábamos de ciclismo, de la próxima carrera en Boadilla del Monte cuando el motor de un coche que no circulaba nos alertó, de pronto, como salido del abandono y la desidia, el vehículo dio marcha atrás.

Uno frenó en seco, el otro lo esquivó, cuando lo adelanté, porque al grito de ¡Cuidado, cuidado! Se quedo cruzado, le dije que tenía que mirar antes de echar marcha atrás, con gestos claro, dedo al ojo.

Cuando nos adelantó el Australopitecos procedente del Cromañón, llevaba el cristal del lado derecho bajado para que oyéramos alto y claro lo de: ¡Hijos de puta! Y, acordándose de su madre, supongo, nos hizo los cuernos mientras miraba por el espejo retrovisory terminó de gesticular a la vez que aceleraba mucho para impedirnos tomarle la matricula cerrando el puño y dejando el dedo corazón estirado.

Este delincuente y otros como él, son los que atropellan a los ciclistas, los que nos adelantan en plena carretera rozándonos con sus retrovisores o cuernos los manillares y los codos, que la única distancia de seguridad que nos dan es cuando amparados en su cobardía enfermiza aceleran para impedir tomemos sus datos y emprender una denuncia, en definitiva, son los que tras el accidente se dan a la fuga, porque antes se han dado al vodka.

Imagino incluso que, alguno de estos insociables individuos en algún momento de lucidez llegan a valorar el esfuerzo de los ciclistas.

Entrenan, siendo amateurs, cinco, seis y hasta siete horas diarias incluso en invierno, pagan de su bolsillo a su entrenador, preparador físico, fisioterapeuta y médico deportivo.Compiten sorteando estúpidos que se plantan en sus caminos cuando suben puertos de montaña a ciento noventa o doscientas pulsaciones por minuto, lejos de estar pendientes de la pendiente, el corazón o la escapada, tienen que estarlo de estos imbéciles abanderados que nunca han llegado a pensar que pueden cargarse una carrera, el liderazgo o la integridad física de un ciclista.

En Don Benito, Extremadura,el guardia civil que abría carrera detuvo a un vehículo a unos trescientos metros de una curva a la derecha, la señora, tras esperar un minuto y ver que no pasaba nada arrancó y se empotró con el pelotón, solo del equipo Enypesa se cargo a siete corredores. Ambulancias, lloros y gritos de dolor se mezclaban ante la mirada de la señora que poniendo cara de adolescente con siete suspensos dijo: Lo siento, no me he dado cuenta.

En carretera deberíamos de respetar a los ciclistas tanto como los admiramos cuando los vemos por televisión.

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